Del 2% de pollo al 98% de jamón york. ¿Qué cuota de verdad alimentaria hay en tu carrito de la compra?

Del 2% de pollo al 98% de jamón york. ¿Qué cuota de verdad alimentaria hay en tu carrito de la compra?

Parece que nos hemos acostumbrado, sin reflexionar, a consumir diariamente alimentos en porcentajes. Si hacéis un escaneo rápido por los estantes de los supermercados y las (cada vez más escasas) tiendas de ultramarinos del barrio, veréis en los envases unos números casi más grandes que el propio nombre del producto. Lo que más abunda a la vista son los porcentajes del jamón de York: de 93% a 98%. Aún no he visto una pegatina que diga: 100 por 100 jamón cocido de cerdo. Porque eso seria lo que deberíamos comer. Pero es que nos hemos pasado décadas consumiendo subproductos: féculas, azúcares, lactosa y un porcentaje ínfimo de jamón. Unos sucedáneos que los hemos puesto en los bocadillos de nuestros niños y niñas y se le han dado (y se le dan) a nuestros mayores en las residencias y los hospitales como comida de enfermos.


Así que ahora, gran logro, vemos bandejas de jamón de York y pavo hechos de lo que se supone que tiene que ser. Eso constata la OCU en sus comparativas y comprueban los consumidores exigentes. Pero si queremos comprar calidad debemos rascarnos el bolsillo. No descubro ningún Mediterráneo al constatar que comer mínimamente sano es carísimo. Pero es que malcomer tampoco es barato. 

Hay que ir a la compra con una calculadora en mano y con una lupa para ver la letra pequeña de las etiquetas, para comprobar los ingredientes, la cantidad de conservantes y estabilizantes (esas misteriosas Es) y las procedencias. Aunque las marcas ya avisen de la cuota de verdad alimentaria en la etiqueta frontal de sus productos conviene mirar las traseras de los frascos y las esquinas de los envases de plástico. Lleva tiempo, sí, y no lo tenemos. Pero si os fijáis un momento en los envases y etiquetas descubriréis, además de la composición del alimento, que compramos lentejas canadienses bajo marcas españolas o espárragos de Perú o China cuando creemos que son navarros, o naranjas valencianas que son de Sudáfrica. Un tema que da para otro artículo sobre lo fake, la falsedad disfrazada de realidad.


Pero volvamos al omnipresente porcentaje de los alimentos. Los elaboradores de mermelada, sean industriales o artesanos, sean bio o no, indican en los frascos el porcentaje de fruta. Con los años, han mejorado la cosa y ya abunda el 65% de fruta donde antes no pasaba del 35%, con un montón de azúcares añadidos. Hay marcas que tienen, cosa que se agradece, un 100% de fruta. Y son españolas, no solo francesas o inglesas. Obviamente ofertan productos caros, uno cuesta lo que dos de los standard. Pero ¿no habéis viso que ahora hay un indicativo novedoso en los envases de mermelada? Se cuenta que hay 16 fresas o un melocotón y medio. ¿Y cómo lo sabremos? ¿Serán fresas grandes? ¿Melocotones medianos? Sería de risa si no fuera tan serio.

Seguimos con el tema. Entre las llamadas leches de soja y avena, bebidas vegetales de moda lo general es es encontrar un 13% de habas de soja o avena. Ver un 14,5% o un 15% es ya un triunfo, aunque el litro nos salga a dos euros. 

¿Y qué pasa cuando ese porcentaje no se ve? Casi seis de cada diez caldos de pollo vendidos en España contienen menos del 5 % de pollo. Lo constata un estudio de la empresa de investigación de consumo Circana, comisionado por Gallo. La empresa conocida por su pasta está lanzando un caldo de pollo en envase de cartón UHT que pretende conquistar paladares con su autenticidad. Y el porcentaje de pollo que ofrece en sus caldos es del 33%. El que más, indica. Y le siguen en el podio de la veracidad avícola los caldos de Gallina Blanca (31%), Aneto (22%) y El Guiso (20,48%). El resto de los caldos de pollo que podéis encontrar masivamente en los supermercados llevan un 19%. Los hay incluso con un ridículo 2%. ¿Y qué llevan los caldos de no-pollo? Pues agua, hortalizas (también presentes en los de mejor nivel), almidón, extracto de carne de vacuno, grasa de pollo, manteca de cerdo curada, aromas, especias, sal, aceite (algunos AOVE). 

La comida no es lo que debería ser, una obviedad dramática a la que nos hemos acostumbrado. Vivimos entre sucedáneos y no verdades. Así que no os limitéis a beber extracto de pollo invisible. ¡Haced caldos!

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